Si les muestro un chopp, ¿en qué piensan? En cerveza. ¿Un pocillo? Café. ¿Una taza? Té. ¿Un vaso de misericordia? ¡En un creyente! En Romanos 9:23, Pablo describe a los creyentes como “vasos de misericordia”.

¡Porque en toda la epístola, Pablo nos ha mostrado que aunque merecemos muerte, ira, y condenación, por causa de nuestros pecados, Dios nos ha dado vida, nos ha amado, y declarado justos, por la fe en Jesucristo!

Aquí vemos el impacto espiritual que las misericordias de Dios, debería producir en los vasos de misericordia.

Comienza por considerar la actitud del creyente para con Dios (Romanos 12:1-2) los hermanos (Romanos 12:3-16) y el prójimo (Romanos 12:17-21).

Pablo dedicó 11 capítulos para enseñarnos que Dios nos ha dado todo en Cristo; ahora nos insta a darle todo a Él.

¡La forma correcta de responder a la misericordia de Dios, es entregarle todo nuestro ser en sacrificio!

Durante el primer encarcelamiento de Pablo en Roma, él se encontraba bajo arresto domiciliario. Dentro de ese contexto, él podía recibir visitas, enseñar e incluso predicar el evangelio. En Hechos 28:30-31 dice: Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento”. No obstante, en el momento de escribir esta epístola - alrededor de cinco o seis años después (año 66d.C.) - las circunstancias habían cambiado para él: estaba encadenado. Según  2 Timoteo 1:16, sabemos: “Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas”. A pablo lo trataban como un delincuente. 2 Timoteo 2:9 dice: “en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; más la palabra de Dios no está presa”.

Pablo estaba en una situación totalmente diferente: quizás un poco más frágil de salud, con poca luz, en un calabozo y, muy posiblemente, un calabozo lleno de gente. Los de Asia Menor lo abandonaron: “Ya sabes esto, que me abandonaron todos los que están en Asia, de los cuales son Figelo y Hermógenes” 2 Timoteo 1:15.

Pablo escribe a su amado hijo en la fe, Timoteo, con el anhelo de verlo, tal cual lo dice en capítulo 4:9 del libro que estamos abordando: “Procura venir pronto a verme”;y en el versículo 21 encontramos:“Procura venir antes del invierno. Ébulo te saluda, y Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos.”

Hay una cuestión muy grande por definir: ¿los cristianos debemos celebrar la navidad, o no? La información histórica nos dice que el 25 de diciembre era el día en que los romanos celebraban el “Sol Invictus”, que fue un título religioso aplicado al menos a tres divinidades distintas. Con la supuesta “conversión” de Constantino, vino el intento de “cristianizar” las fiestas paganas, y así surgió la Navidad. Lo cierto es que aunque la Biblia no nos manda celebrar la navidad, sí nos habla acerca de la encarnación de Jesús, el Salvador de su Pueblo. Mateo escribe su evangelio con el propósito de demostrar, a los judíos expertos en la ley, que el mismo Jesús   a quien ellos habían crucificado, era el Mesías. Desarrolla su tesis a través del cumplimiento de las profecías. Hubo más de 40 personas que dijeron ser el “Mesías”, pero el punto de Mateo es que sólo Jesús demostró serlo, mediante el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. ¡Así veremos que nada sucedió por casualidad!

Un anciano pastor dijo: “He notado que existen tres etapas en la vida de la mayoría de los siervos de Dios: (1) La etapa en la que cree que puede hacerlo todo, (2) la etapa en la cual se da cuenta que no pudo hacer nada, y (3) la etapa en la cual por fin se da cuenta de que debe depender de Dios para hacer todas las cosas. Pablo parece confrontarnos con el mismo principio: ¡No seas autosuficiente!, sino aprende a depender del Señor. Estamos en guerra espiritual; el enemigo quiere destruir la verdad, la piedad y la unidad en tu iglesia, en tu familia y en tu corazón. La meta es permanecer firmes (Efesios 6:11, 13, 14). ¿De dónde podremos obtener el poder para permanecer?

No había judío que no creyera que su nación era el pueblo escogido de Dios. No obstante, los judíos no podían darse cuenta de que no sería por medios humanos por los que su nación llegaría a alcanzar la suprema grandeza que creían que le estaba reservada. La mayoría de ellos creía que, como los judíos eran el pueblo escogido, estaban destinados a ser, algún día, los “amos del mundo” y los “señores de todas las naciones”. Para traer ese día, algunos creían que vendría del cielo algún “gran campeón”; otros creían que surgiría otro rey de la dinastía de David, que devolvería al pueblo toda su antigua grandeza; y otros creían que Dios mismo intervendría directamente en la historia de manera sobrenatural. En contraste con todos aquellos, había unos pocos a los que llamaban “los reposados de la tierra”: no tenían sueños de grandeza, violencia o poder de ejércitos con banderas; creían en una vida de constante oración y de reposada, pero también vigilante, espera, hasta que Dios interviniera; pasaban la vida esperando tranquila y pacientemente en Dios. Así era Simeón: en oración, en adoración, humilde y fiel expectación, esperaba el día en que Dios había de consolar a su pueblo.

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