No había judío que no creyera que su nación era el pueblo escogido de Dios. No obstante, los judíos no podían darse cuenta de que no sería por medios humanos por los que su nación llegaría a alcanzar la suprema grandeza que creían que le estaba reservada. La mayoría de ellos creía que, como los judíos eran el pueblo escogido, estaban destinados a ser, algún día, los “amos del mundo” y los “señores de todas las naciones”. Para traer ese día, algunos creían que vendría del cielo algún “gran campeón”; otros creían que surgiría otro rey de la dinastía de David, que devolvería al pueblo toda su antigua grandeza; y otros creían que Dios mismo intervendría directamente en la historia de manera sobrenatural. En contraste con todos aquellos, había unos pocos a los que llamaban “los reposados de la tierra”: no tenían sueños de grandeza, violencia o poder de ejércitos con banderas; creían en una vida de constante oración y de reposada, pero también vigilante, espera, hasta que Dios interviniera; pasaban la vida esperando tranquila y pacientemente en Dios. Así era Simeón: en oración, en adoración, humilde y fiel expectación, esperaba el día en que Dios había de consolar a su pueblo.

Mark Twain expresó que “pocas cosas son más difíciles de soportar que un buen ejemplo”. ¡Los ejemplos nos exhortan! En Filipenses 2:1-4, Pablo nos exhorta a la humildad; y en Filipenses 2:5-11 nos muestra el gran ejemplo de humildad de Cristo. Humildad es colocarse debajo de Dios para obedecerle, y debajo de los demás para servirles. ¡Jesús es el ejemplo!  En Juan 8:29 leemos que Jesús hizo siempre lo que le agrada al Padre; y en Marcos 10:45 dice: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir…” También, en Filipenses 2:17-30 se nos presentan tres hombres comunes y corrientes, que son modelos perfectibles de humildad. En el capítulo 2:17-18 observamos el ejemplo de Pablo; en el capítulo 2:19-24, el de Timoteo; y en el capítulo 2:25-30, el de Epafrodito.

Einstein dijo: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir en los demás, es la única”. El apóstol Pablo dice en 1 Corintios 11:1: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”. Amados, necesitamos sin duda predicadores y cantantes en Internet, pero sobre todo necesitamos modelos de verdad y piedad en las Iglesias.

En Filipenses 2:1-4, Pablo hizo una exhortación a la humildad; en el capítulo 2:5-11, nos mostró el ejemplo de humildad de Cristo; y en capítulo 2:12-16 se nos exhorta a seguir el ejemplo de Cristo, mostrándonos que Dios nos da el poder para hacerlo. Cristo es Dios humanado y nunca pecó. Lo que fue posible para él, puede sonar imposible para nosotros, pero cuando vemos que hermanos comunes y corrientes, de carne y hueso, viven a Cristo, somos animados.

Lucio Séneca, filósofo y escritor, dijo: “El camino de la enseñanza es largo, pero es breve y eficaz el del ejemplo”. El puritano del siglo XVII, Thomas Brooks, dijo: “El ejemplo es el discurso más poderoso”. Sin duda, Pablo entendía este mismo principio. En Filipenses 2:1-4, hizo una exhortación a la humildad; en el capítulo 2:5-11 nos mostró el gran ejemplo de humildad de Cristo. Humildad es colocarse debajo de Dios para obedecerle, y debajo de los demás para servirles. ¡Jesús es el ejemplo! Juan 8:29 dice que Jesús hizo siempre lo que le agrada al Padre, y en Marcos 10:45 leemos que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir…”

También, en Filipenses 2:17-30 se presentan tres hombres comunes y corrientes que son modelos perfectibles de humildad. En capítulo 2, versículos 17 y 18, observamos el ejemplo de Pablo; en capítulo 2:19-24, el de Timoteo; y en capítulo 2:25-30, el de Epafrodito. Los tres, son ejemplos perfectibles de humildad, pues obedecieron al Señor y sirvieron a todos los santos.

Una frase muy común a la hora de sentarnos a comer es: “No vengas a la mesa con las manos sucias”. De la misma manera, ¡no vengas a la mesa de Cristo con el alma sucia de orgullo!

Esta iglesia tiene la triste distinción, junto con la de Sardis, de ser aquella a la que el Señor no dirige palabras de elogio. ¿Cuál fue su problema? La iglesia no sufría la persecución externa, ni la presencia de falsos profetas dentro, pero sus miembros eran tibios (v. 16). La tibieza espiritual representa inutilidad y falta de pasión por Cristo. En el versículo 17, Jesús presenta tres evidencias de su tibieza: la autopromoción, la autosuficiencia y el autoengaño.

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