“Laodicea, la Iglesia que se engaña a sí misma” Apocalipsis 3:14-22, Psr. Mariano Merino

Una frase muy común a la hora de sentarnos a comer es: “No vengas a la mesa con las manos sucias”. De la misma manera, ¡no vengas a la mesa de Cristo con el alma sucia de orgullo!

Esta iglesia tiene la triste distinción, junto con la de Sardis, de ser aquella a la que el Señor no dirige palabras de elogio. ¿Cuál fue su problema? La iglesia no sufría la persecución externa, ni la presencia de falsos profetas dentro, pero sus miembros eran tibios (v. 16). La tibieza espiritual representa inutilidad y falta de pasión por Cristo. En el versículo 17, Jesús presenta tres evidencias de su tibieza: la autopromoción, la autosuficiencia y el autoengaño.

Para cuando Juan escribe, la iglesia tendría 38 años de vida (nuestra Iglesia en Carapachay tiene 37 años). Las personas en esta Iglesia eran de la segunda o tercera generación. Quizás, la primer generación fue misionera y Cristocéntrica, pero la segunda, materialista y antropocéntrica. A pesar de su tibieza, Cristo llama a su Amada al arrepentimiento (v. 19) y a retornar la comunión con Él (v. 20). Este libro revela a Cristo (Cap. 1:1). En esta carta particular, él se nos presenta como Aquel que resiste al soberbio y da gracia al humilde.

I. EL AUTOR. (v. 14)

El Cristo resucitado, el autor de las siete cartas destinadas a las siete iglesias, se presenta a la Iglesia en  Laodicea como:

A. El Amén: “Amén” es la transliteración de una palabra hebrea que significa “verdadero” o “digno de confianza”. En Isaías 65:16 se llama a Jehová, “El Dios de verdad”; en hebreo es “El Dios de Amén”. Si Cristo es el Amén, entonces es el Dios de la verdad humanado. En 2 Corintios 1:20 leemos: “Porque todas las promesas de Dios son en él (es decir, Cristo) Sí, y en él (nuevamente, Cristo) Amén” (otras aclaraciones). Todas las promesas de salvación, esperanza y vida se cumplen en Cristo.

B. El Testigo fiel y verdadero: La palabra “testigo” (MARTYS) significa “uno que da testimonio”. Él es “El Testigo Fiel” debido a su constancia; testificó la verdad aún hasta su último respiro en la cruz. Él es “El Testigo Verdadero” a causa del contenido de su testimonio; todo lo que dijo y dice es la verdad. El mensaje de la carta no iba a ser agradable, pero sería verdadero; no es un halago, pero es la verdad.

C. El principio de la creación de Dios: La frase corrige una herejía, presente tanto en Laodicea como en Colosas, que decía que Cristo era un Ser creado. La palabra traducida principio (ARCHE) significa “origen”, “fuente” o “inicio”. Cristo no es la primera criatura de Dios, sino el origen de la creación de Dios. El texto no dice que Cristo tuvo un inicio, sino que él es el inicio; él es auto-existente junto con su Padre. “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3). Cristo es el origen de la creación, por él fueron hechas todas las cosas. Cristo es la causa y la creación es el efecto.

Todo el contenido de esta carta se cumplirá porque lo dice “el Amén”, será verdad porque lo dice “el testigo fiel y verdadero”, y tendrá el peso de la soberanía porque lo dice “el principio de la creación de Dios”.

II. LA AMONESTACIÓN. (Vv. 15-17)

Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente, ¡Ojalá fueses frío o caliente!”. Cristo dice: “Yo te conozco”. El Señor penetra la “carne” de las obras de la iglesia, y llega hasta el corazón y los motivos que las producen.

El carácter de los hermanos y de sus obras es comparado, no al agua fría o caliente, sino al agua tibia. Algunos creen que el agua caliente simboliza al creyente; la fría, al incrédulo; y la tibia, al profesante. Otros piensan que el agua caliente representa al creyente fiel; el agua fría, al incrédulo; y el agua tibia, al creyente infiel. Según estas posturas, el frío sería equivalente a una persona muerta en sus pecados; sin embargo, dudo que el Señor desee con vehemencia que los santos se vayan al infierno.

El lenguaje metafórico viene del suministro de agua para la ciudad. Como viajaba unos 10km por un acueducto subterráneo antes de llegar a la ciudad, el agua que llegaba a Laodicea era tibia e impura; no era caliente como las aguas termales de Hierápolis, útiles para relajar el cuerpo, pero tampoco era fría y limpia, como la corriente de agua de Colosas, que servía para beber y refrescar a los ciudadanos y a los peregrinos. El calificativo “tibio” es sinónimo de inutilidad. Así como el agua de Laodicea no servía ni para beber ni para curar, la iglesia se había vuelto autosuficiente, y ya no servía para las misiones, el ministerio y la misericordia. Así es como los jóvenes “tibios” no sueñan con el pastorado, las misiones y la misericordia, sino con hacer dinero y ser exitosos; las chicas no oran para casarse con un siervo de Dios, sino con un hombre dedicado al dinero; los adultos sacrifican en el altar de su dios “dinero”, su tiempo, salud, familia, servicio y relaciones en la Iglesia.

En v. 16 Jesús dice: ¡Me dan asco! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. El Dr. Núñez dice que en emergencias médicas, en personas intoxicadas, el agua tibia es usada para inducir el vómito. MacArthur dice en su comentario del párrafo: “Algunas iglesias hacen al Señor llorar, otras le hacen reír, pero la de Laodicea le hace vomitar”. La frase debería traducirse: “estoy a punto de vomitarte”. Esta expresión evidencia la gracia de Jesús dando tiempo a la Iglesia en Laodicea para que pueda arrepentirse en respuesta a la lectura de esta carta.

¿Por qué te damos asco Señor? Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo(v. 17). “El pez por la boca muere”, dice el dicho popular. Así, sus propias palabras testificaban en contra de ellos.

Una de las señales que indican “tibieza espiritual” es la autopromoción. En la biblia, alabar es elogiar. El tiempo verbal, que se encuentra allí en el texto, es Presente, expresando continuidad. Esto es: vivían hablando bien de ellos mismos. En Proverbios 27:2 se nos aconseja: “Alábate el extraño, y no tu propia boca; El ajeno, y no los labios tuyos”. Jesús nos enseñó que “de la abundancia del corazón habla la boca”. ¿De qué estaría lleno el corazón de esta iglesia? ¡¡De sí mismos!! Abrían sus bocas para proclamar su justicia, obras, logros, prosperidad y ofrendas.

La segunda señal de “tibieza espiritual” es la autosuficiencia: Yo soy ricoy de ninguna cosa tengo necesidad”. No hay nada malo en tener riquezas. Abraham, Filemón y Job fueron ricos, y también piadosos. El problema surge cuando se usan las riquezas, u otras tantas cosas, para decir: “De nada tengo necesidad”. Cuando nos volvemos autosuficientes, aseguramos: “No necesito consejo, ni ayuda, ni apoyo espiritual, ni a los hermanos; no preciso que me enseñen, que me aconsejen, ni que pastoreen mi familia. Mis riquezas y yo estamos bien”, o también podemos decir: “No preciso ser quebrantado; no tengo nada que cambiar, nada que aprender, nada de qué arrepentirme”. No obstante, el creyente debe recordar que fue creado para ser dependiente de Dios en todo momento, día y noche. Dependemos de Dios para ser salvos y santos; para tener gozo, paz, amor; para servir y para ser perdonados.

Una última característica de la “tibieza espiritual” es el autoengaño: y no sabes que eres un desventurado…”. La opinión que tenían respecto de sí mismos era diametralmente opuesta a la opinión que el Señor tiene de ellos. La frase “y no sabesimplica que esta iglesia no tenía ni el más mínimo discernimiento espiritual. En tiempos de Juan, Laodicea llegó a ser una ciudad rica a causa de tres factores: (1) Su actividad comercial favorecida por su ubicación estratégica en el cruce de tres rutas importantes, (2) la escuela de medicina que producía y comercializaba un colirio para curar algunas enfermedades oculares y (3) la producción y venta de una lana negra, que se vendía por todo el imperio romano. Tanto la iglesia como la ciudad cayó en el autoengaño. ¿Cómo? En primer lugar, decían ser ricos, pero eran espiritualmente miserables; se creían ricos, pero eran dignos de lástima. Las riquezas terrenales que amaban no se comparaban con los tesoros espirituales en Cristo que despreciaban. En segundo lugar, ayudaban a los demás a ver mejor, pero ellos eran “ciegos”, es decir, eran incapaces de ver su propia condición. Si preguntabas: “¿Cómo estás con Dios?”, seguramente ellos dirían: “Muy bien, disfrutando de sus más ricas bendiciones”. Por último, tenían una gran industria textil, pero espiritualmente estaban “desnudos”. Su pecado estaba al descubierto. El Señor dice: “Yo puedo ver tú pecado. Los hombres piensan que eres bendecido, yo sé que estás sucio”.

¡Qué tragedia espiritual es creer que uno está aprobado ante Dios cuando en realidad es todo lo contrario! Pensaban que agradaban al Señor, cuando en realidad su actitud pedante le provocaba “nauseas” al Santo.

III. EL ACONSEJAMIENTO. (Vv. 18-20)

La frase que de mi compres señala la gran necesidad que tenía esta iglesia de hacer de Cristo su gran tesoro. La iglesia orgullosa, autosuficiente, que se alaba a sí misma, precisa adquirir tres cosas del Señor:

A. Valores celestiales: Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico”. Cristo usa el lenguaje del mercado y alude a Isaías 55:1: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.” La implicancia es que los autosuficientes deben acudir al Señor como mendigos que nunca podrían comprar estos tesoros. Para ser salvos o santos, debemos asumir el rol de “mendigo espiritual” que precisa de la ayuda de Dios para vivir. El agua y el pan de vida no son para los ricos y autosuficientes, sino para los mendigos y dependientes.

El oro refinado en fuego es una referencia a la fe del creyente, la cual debe ser purificada a través del dolor. La fe que persevera y se purifica en el dolor, no se adquiere con dinero, sino en oración y humilde confesión.

La cláusula de propósito para que seas rico nos muestra cómo se siente un creyente que gana a Cristo. El tesoro del creyente no es el dinero, ni la alabanza de la gente, ni un don espiritual o posición eclesiástica, ni el éxito profesional, ni los resultados de su ministerio, sino el poder deleitarse en la comunión con Cristo.

B. Vestidos de santidad:y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez”. Las vestiduras blancas representan la justicia de Cristo imputada al creyente, que resulta en santidad de vida. Los cristianos de Laodicea estaban espiritualmente desnudos porque sus pecados eran evidentes al Señor. Los vestidos de la iglesia se mancharon con el pecado de autopromoción, autosuficiencia y el autoengaño, pero Cristo ha comprado vestiduras de justicia para que ellos puedan cubrir su maldad.

La iglesia puede desviar su culpa acusando a otros o excusándose en los errores de las demás personas; puede tapar su culpa en un acto de hipocresía, preocupándose más por su imagen que por su integridad; pero sólo en Cristo, y a través de la confesión, podrá quitar la culpa que la avergüenza, aflige y entibia.

C. Visión espiritual:y unge tus ojos con colirio, para que veas”. El colirio era un producto oftalmológico que se elaboraba en Laodicea para sanar enfermedades oculares. Sin embargo, ni aun así todo el colirio de la ciudad podría ayudar a la Iglesia a que vea su pecado. Estaban duros de corazón, ciegos a la realidad; eran una iglesia tibia. Ellos tenían ojos abiertos para ver los errores y pecados de los demás, pero cegados a los propios.

El principio de la restauración espiritual es vernos tal como somos y no como pensamos ser. “No hay peor sordo que el que no quiere oír”, dice el dicho popular; de igual forma, no hay peor creyente que el no quiere ver su verdadera condición. Por esta razón, en Hebreos 3:12-13 se nos manda a exhortarnos unos a otros: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado." ¡Quiero un hermano que me exhorte!

D. Nueva valoración de Dios: Yo reprendo y castigo a todos los que amo(v. 19). Tal vez pensaban que podían jugar con fuego sin quemarse, o que podían jugar con barro sin ensuciarse, o que se puede caer sin sufrir consecuencias. La realidad es que el pecado nos arruina la vida, y como todo Padre que ama a sus hijos de verdad, Jesús no vacilará en retarlos y castigarlos con tal de que regresen al camino de santidad.

A veces su disciplina adopta la forma de “reprensión”. La palabra traducida “reprensión” (ELENCO) significa “convencer”, y describe un fuerte llamado a reconocer nuestro pecado. El Señor, para protegernos de la autopromoción, de la autosuficiencia y del autoengaño, nos reta y confronta con nuestro pecado a través de su Palabra. Dios siempre habla con su Palabra, nosotros no siempre la oímos. ¿Cuántas predicaciones, devocionales o consejos hemos desoído? ¿Cuántas veces Dios nos ha confrontado y no hemos respondido en obediencia?

Otras veces la disciplina adopta forma de “Castigo” (PAIDEIA). La palabra significa “instrucción de niños”. Dios a veces nos educa mediante la corrección de su Palabra y, otras veces, mediante el dolor de su disciplina. En todo caso, la Iglesia tibia de Laodicea, y nosotros también, debemos aprender que con Dios no se juega.

A todos los que amo”. “Te amo como eres; pero te amo tanto, que voy a disciplinarte para que cambies”. Parafraseemos: ¡Es a las personas que más amo, a las que les aplico el reto y la disciplina más severa! En Hebreos 12:6 se agrega: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo aquel que recibe por hijo”. El fin es la pureza (Dios nos disciplina “para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” Hebreos 12:10) y la paz (“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.Hebreos 12:11). ¡Si Dios fuera un jefe, despediría a esta iglesia; pero como es un padre, la disciplina e insiste con ella!

¿Cuál debe ser nuestra respuesta a su disciplina amorosa? En el versículo 19: Sé, pues, celoso, y arrepiéntete”.

  • Celosos. Se trata de comenzar a mostrar celo por algo o por alguien, o en contra de algo o de alguien. El pecado es adulterio espiritual, un engaño. Nos enamoramos de algún ídolo, en este caso, de la autopromoción, la autosuficiencia y el autoengaño. Tres ídolos atractivos que ofrecen fama, aplausos y poder. Dios nos manda a ser celosos, dejar a nuestros ídolos y amantes, y a volver a casa, a disfrutar su mesa y compartir la vida con él.
  • Arrepentirnos. El tiempo y el modo verbal demanda urgencia. ¡Arrepiéntete ya, hoy, ahora, en este momento! Arrepentimiento es volverse del pecado a Dios, girar en “U”, dejar el camino del mal y retomar el de Dios. El Señor espera que, ante su disciplina, su iglesia dormida despierte, su pueblo orgulloso se humille, su grey que se exaltaba a sí misma viva elogiando su nombre, y que sus hijos autosuficientes pasen a vivir en forma dependiente de él. Arrepiéntete de tu pecado y decide vivir apasionado por tu amado Señor y Salvador.

Hay quienes sienten remordimiento: se entristecen y lamentan por su pecado,  pero no se vuelven a Dios. También hay quienes proceden al arrepentimiento: se duelen por su pecado, pero también se vuelven a Dios. Judas experimentó remordimiento, lloró por su pecado y se suicidó. Pedro lloró por su pecado, pero se volvió al Señor de todo corazón. Si dejas tu pecado y vuelves a Cristo, serás amado y restaurado como Pedro.

En el versículo 20 leemos: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. La frase “He aquí” es un llamado de atención para contemplar algo fuera de lo común. ¿Qué cosa? El Rey aguarda poder entrar a la casa y sentarse a la mesa de los mendigos. Samuel Pérez Millos comenta del pasaje: “Antes el Señor mostró la realidad de la iglesia presentándola como un mendigo sin ropas, sin nada de valor y sin posibilidad de poder cambiar su condición. Ahora, en lugar de solicitar al mendigo espiritual que venga humillado a pedir la ayuda del Rey, es el Rey quien solicita que le abra la puerta para poder restaurarlo”. Oigan al Dios soberano: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. El Señor aquí no está llamando a la salvación al incrédulo, sino a la restauración espiritual de su Iglesia, porque él reprende a los que ama (v. 19), porque le está dirigiendo estas palabras a la Iglesia (v. 14), porque Cristo no desea que nadie se vaya al infierno (v. 15), y porque aquí no se explica el evangelio, no se habla del sacrificio de Cristo. Cristo (v. 20) y su Espíritu (v. 22) llaman al creyente dormido en su autosuficiencia, a arrepentirse y comer con él.

¡La cena es un cuadro de comunión! “La cena se tomaba al final del día, después de haber terminado la dura jornada laboral, se celebraba en un ambiente de relajación, diálogo, sonrisas, descanso y estrecha comunión”. Así será nuestra vida con Cristo hoy, si nos arrepentimos de nuestro orgullo y vivimos apasionados para él.

¿Pero no te damos asco Señor? ¡Tu pecado me da asco, pero si te arrepientes, vas a quedar limpio como la nieve! Si alguno oye su voz en esta carta, se arrepiente de su pecado y abre su corazón, el Señor promete limpiarlo para poder cenar con él. Él no desprecia ningún corazón contrito o quebrantado.

El verbo que usa Juan es propio de quien golpea la puerta con su mano. Es la mano herida de Cristo que muestra, en la señal de los clavos, el tremendo amor que le llevó a morir por personas tan ingratas como las que podemos ver en la iglesia de Laodicea. La iglesia debe ver esa mano lacerada. Es sólo desde la cercanía de la cruz, que la iglesia dará gloria a Jesús. La Biblia dice: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos,  luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2 Corintios 5:14-15). El único requisito para sentarse a la mesa con Cristo es confesar el pecado de la autosuficiencia y el orgullo.

IV. EL ALIENTO. (Vv. 21-22)

El vencedor es el que llega hasta el final de la carrera: “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin” (Apocalipsis 2:26).

…que se siente conmigo en mi trono”. La frase “que se siente conmigo” anticipa el compañerismo que gozaremos con Cristo en la eternidad, y la palabra “trono” implica que seremos parte del gabinete del Rey.

Según Apocalipsis 22:5, en la ciudad de Dios “no habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos.” ¡Reinaremos con Cristo! “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán” (Apocalipsis 22:3). Contrario al mito popular, en la ciudad santa de Dios, no estaremos “tocando el arpa” todo el día, sino que viviremos sirviendo a Cristo, reinaremos con Cristo, serviremos a Cristo y cenaremos con Cristo.

El libro de Apocalipsis revela a Cristo (Cap. 1:1), y aquí se nos presenta como Aquél que desea tener comunión con su pueblo. El verbo Oiga(v. 22) está en tiempo Presente enseñándonos que su Espíritu Santo llama constantemente a la iglesia a morir a la autosuficiencia y a vivir en dependencia del Señor. Es individual: ¡Te llama a la comunión con él!

También Cristo se nos presenta como quien “resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Esto es cierto para santificación (el único requisito para cenar con Cristo es confesar la tibieza y orgullo), y es cierto para salvación (“No por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:9). Jesús dijo: el “que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). ¿Dónde hallar justicia suficiente para ser declarados inocentes ante el tribunal del Dios justo? ¡En Cristo, el Justo! Cristo vivió 33 años demostrando su justicia, murió pagando la deuda de nuestra injusticia, y fue resucitado para imputar su justicia a la cuenta de todo aquél que, creyendo en su obra, deja su pecado y se vuelve a Él.

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