“Ejemplos de carne y hueso: Simeón” Lucas 2:25-35, Psr. Sergio Suárez

No había judío que no creyera que su nación era el pueblo escogido de Dios. No obstante, los judíos no podían darse cuenta de que no sería por medios humanos por los que su nación llegaría a alcanzar la suprema grandeza que creían que le estaba reservada. La mayoría de ellos creía que, como los judíos eran el pueblo escogido, estaban destinados a ser, algún día, los “amos del mundo” y los “señores de todas las naciones”. Para traer ese día, algunos creían que vendría del cielo algún “gran campeón”; otros creían que surgiría otro rey de la dinastía de David, que devolvería al pueblo toda su antigua grandeza; y otros creían que Dios mismo intervendría directamente en la historia de manera sobrenatural. En contraste con todos aquellos, había unos pocos a los que llamaban “los reposados de la tierra”: no tenían sueños de grandeza, violencia o poder de ejércitos con banderas; creían en una vida de constante oración y de reposada, pero también vigilante, espera, hasta que Dios interviniera; pasaban la vida esperando tranquila y pacientemente en Dios. Así era Simeón: en oración, en adoración, humilde y fiel expectación, esperaba el día en que Dios había de consolar a su pueblo.

Simeón vivía en un contexto donde las condiciones en Israel eran muy malas, en el tiempo en que Jesús nació en Belén. Por ejemplo, la pérdida de la independencia política; el cruel rey Herodes; la degeneración de la religión, que había pasado a ser algo completamente externo; el legalismo de escribas y fariseos, y de sus muchos seguidores; la mundanalidad de los saduceos; el silencio de la voz profética, etc. Sin embargo, en medio de esa oscuridad, degradación y desesperación, había hombres que miraban con esperanza y con sinceridad “la consolación de Israel”. Había hombres y mujeres. Ya fueron mencionadas en versículos anteriores, María y Elisabet. Luego, más adelante, Lucas colocará a Ana en la lista. La frase “todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lucas 2:38), indica que este grupo de hombres y mujeres piadosos era considerable (Hendriksen W.; “Comentario al Nuevo Testamento: El Evangelio Según San Lucas”).

Lucas era gentil; tiene la característica exclusiva de ser el único escritor del Nuevo Testamento que no era judío. Era médico de profesión:“Os saluda Lucas el médico amado, y Demas”(Colosenses 4:14), y tal vez eso era lo que le daba la gran ternura que poseía al escribir.

El libro está dedicado a un hombre de nombre Teófilo. Se le llama “excelentísimo Teófilo” (Lucas 1:3), que era el título que se le daba normalmente a los altos funcionarios del gobierno romano. No hay duda de que Lucas escribió su libro para hacerle saber más de Jesús a un honrado buscador; y tal semblanza de Jesús le dio a Teófilo, que debe haber atraído su corazón más cerca del Cristo del que ya tenía noticias.

Tanto Simeón y Ana, como Zacarías y Elisabet, eran parte del fiel remanente judío que esperaba con anhelo a su Mesías. Debido a que la Biblia dice que Simeón estaba listo y preparado para morir (Lucas 2:29), por lo general se le caracteriza como “viejo”, pero no hay nada en otra porción de su Palabra que respalde esto. La tradición dice que tenía 113 años, pero esto es nada más que tradición.

Se desarrollarán a continuación cuatro aspectos de la vida de Simeón:

I. EL CARÁCTER DE SIMEÓN

La descripción que Lucas hace de Simeón tiene un gran significado: manifestar que era justo, es decir, que tenía la imputación de la justicia por fe, así como Abraham: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” Génesis 15:6. También de Zacarías y Elisabet se dice lo mismo: “Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” Lucas 1:6. En Hechos 10:22 se habla de Cornelio:“Ellos dijeron: Cornelio el centurión, varón justo y temeroso de Dios, y que tiene buen testimonio en toda la nación de los judíos, ha recibido instrucciones de un santo ángel, de hacerte venir a su casa para oír tus palabras”. En Romanos 1:17 dice: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.

Y no solamente nos dice la Palabra de Dios que era justo, sino también que era un hombre piadoso. La idea de “piadoso” es “cauteloso”; esta palabra se describe así en el griego clásico y aparece en los escritos de Lucas, por ejemplo: “Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo” Hechos 2:5; “Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él” Hechos 8:2. Esta palabra se refiere a quienes son reverentes a Dios, “temerosos de Dios”, podemos decir, un devoto. Simeón era una persona que quería obedecer y honrar a su Señor; no solo fue justificado, sino también santificado. Vemos cómo este hombre de Dios era luz en medio de las tinieblas; vemos cómo él mostraba un testimonio íntegro, una vida que reflejaba lo que creía a través de cómo vivía su fe en el Señor. Los fariseos y escribas en ese tiempo estaban llenos de normas, reglas humanas y tradiciones; Jesús los describió como “sepulcros blanqueados”; sin embargo, Simeón vivió confiando absolutamente en la Palabra del su Señor.

Simeón había recibido los beneficios de la salvación. Isaías 55:7 dice: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”

II. LA CONFIANZA DE SIMEÓN

Dios honró la piedad de Simeón otorgándole una bendición que todos los profetas y reyes de Israel habrían querido tener, y no la tuvieron: ver al Cristo de Dios cara a cara. Lucas 2:26 dice: Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.”

Cuando en el versículo 25 leemos “consolación de Israel”, quiere decir la “esperanza mesiánica”. Una de las oraciones judías tradicionales es: “Que pueda yo ver la consolación de Israel”. Esa oración le fue contestada a Simeón al ver a Jesucristo en el templo. Simeón fue un hombre guiado por el Espíritu de Dios, que se dejó enseñar por la Palabra de Dios, y fue obediente a la voluntad del Padre; por consiguiente, recibió el privilegio de ver cómo llegaba la salvación divina. La palabra consolación, en este contexto, refiere al “animo“. Él esperaba la salvación personal para sí mismo, como la liberación nacional de Israel; estaba preocupado por su pueblo, al igual que Pablo años más tarde: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” Romanos 9:3.

La situación en la que se hallaba el pueblo, es decir, sufriendo bajo la ocupación de los odiados romanos, intensificaban el anhelo del remanente creyente para que el Mesías llegara y los liberara. El Mesías representaba la encarnación de la esperanza de consuelo que la nación tenia; era el único que realmente podría traer consolación a Israel. Los rabinos se referían al Mesías como “Menachem”, que significa “consolador”. Algunos textos del Antiguo Testamento se refieren al papel del Mesías como consolador; por ejemplo: ”Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios” Isaías 40:1; “Ciertamente consolara Jehová a Sion; consolara todas sus soledades, y cambiara su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto” Isaías 51:3. También en el libro de Jeremías, Ezequiel y Zacarías se habla del consuelo de Dios para su pueblo. Entonces, podemos decir que Simeón tenía una confianza absoluta en las promesas del Antiguo Testamento: que Dios consolaría a su pueblo a través de la venida del Mesías. Él mostraba su fe y su confianza al descansar en las palabras del Señor, creyéndolas y viviendo expectante a la llegada del cumplimiento de las mismas. El Mesías tardaba en llegar, pero los que creían en él, esperaban y deseaban su venida, y la aguardaban con paciencia, como dice 2 Pedro 3:8-9: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”

III. LA GUÍA DE SIMEÓN

Vemos el actuar del Espíritu Santo en la vida de Simeón constantemente:

  • En el versículo 25 se nos dice: “… y el Espíritu Santo estaba sobre él.”
  • En el versículo 26 leemos: “Y le había sido revelado por el Espíritu santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.”
  • Por último, el versículo 27 dice: “Y movido por el Espíritu, vino al templo…”

Vemos la mano soberana del Señor guiando a su siervo para cumplir su Palabra. El Espíritu Santo le reveló, y el Espíritu Santo lo movió y lo introdujo en el momento exacto, ni antes ni después, todo está al control del Soberano Señor.

Cuando Lucas menciona que el Espíritu estaba sobre Simeón, refleja que él fortaleció a personas antes del Pentecostés, para que sirvieran y hablaran de parte de Dios. Por ejemplo, Lucas 1:15 dice: “Porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre”; Lucas 1:41 dice: “Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura salto en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo”; y en Lucas 1:67 leemos: “Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó…”

Simeón tuvo un privilegio que seguramente aumentó su esperanza mesiánica, un privilegio que Dios otorgó a un hombre íntegro y humilde: este hombre habrá estado en una constante expectativa, sabiendo que cada día nuevo podría traer al Mesías que él ansiaba ver. Seguramente saber esto le motivaba a tener una vida piadosa e íntegra para con su Señor.

En el día divinamente señalado, luego de cuarenta días del nacimiento de Jesus, Simeón fue movido por el Espíritu Santo, es decir, bajo su guía, al templo. Es muy probable que el encuentro haya ocurrido en el patio de las mujeres. Allí Simeón se encontró con José y María. Los padres vinieron para cumplir el rito conforme a la ley. El templo, donde Dios se reunía con su pueblo, fue el lugar donde Simeón conocería al Dios y Hombre: Jesucristo.  

IV. LA ALABANZA DE SIMEÓN

Así es como veremos el encuentro que Simeón esperaba expectante, veremos el cumplimiento de la Palabra de Dios en la vida de su siervo. La primera reacción de Simeón fue la alabanza a Dios. Este cántico se divide en dos partes: desde el versículo 29 al 32, y desde el versículo 34 al 35.

  • Lo mismo sucedió con Elisabet: “Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó á gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que fue dicho de parte del Señor” Lucas 1:41-45.
  • Lo mismo le sucedió a María:

Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor;

Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.

Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.

Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;
Santo es su nombre,

Y su misericordia es de generación en generación
A los que le temen.

Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.

Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.

A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.

Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia

De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham y su descendencia para siempre.”

Lucas 1:46-55

  • Lo mismo le sucedió a Zacarías: Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:

Bendito el Señor Dios de Israel,
Que ha visitado y redimido a su pueblo,

Y nos levantó un poderoso Salvador
En la casa de David su siervo,

Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;

Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;

Para hacer misericordia con nuestros padres,
Y acordarse de su santo pacto;

Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre,
Que nos había de conceder

Que, librados de nuestros enemigos,
Sin temor le serviríamos

En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.

Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;

Para dar conocimiento de salvación a su pueblo,
Para perdón de sus pecados,

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,

Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte;
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.”

Lucas 1:67-79

El cántico de Simeón es conocido como el “Nunc Dimitís” (“Ahora Señor”) en latín. Observa lo que dice: “Despide a tu siervo en paz”. Esta era la promesa que fue revelada por medio del Espíritu Santo a Simeón; la esperanza ya estaba cumplida, el corazón rebosaba de gozo, y estaba en completa paz. Vemos a un siervo de Dios feliz de morir. Él, con sus propios ojos, estaba contemplando la salvación personificada en un niño. Como dice Lucas 2:11: “Que os ha nacido hoy, en la cuidad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.”

Simeón se autodefine como “siervo”, o “esclavo” (dóulos), y reconoce al Señor como su dueño (despótes), o Soberano. En Hechos 4:24 leemos: Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay”. Simeón confiesa que, según lo que se le ha dicho (“conforme a tu palabra” v. 29 [réma]), es tiempo de partir a la eternidad “en paz” (v. 29 [eiréne]). La palabra traducida “despide” (apolúo) significa: “dejas partir hacia el sepulcro”. La única razón de ese “abandono” eterno es que, como Simeón dijo: “han visto mis ojos tu salvación” (v. 30). Es precioso que Simeón no ve sólo a un bebé de carne y hueso, sino que lo que él trasciende es el gran misterio de la salvación (sotérios) de Dios; lo que él “ve” es la salvación de Dios. Como leemos en 1 Juan1:1-3: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocantes al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.”

Simeón aclara algunos aspectos de la salvación que sorprenden a José y María; ellos quedan maravillados:

1) La salvación ha sido “preparada en presencia de todos los pueblos” (v. 31 [laós]), esto es, Dios la prefiguró y la proclamó desde la misma caída del hombre: ”Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” Génesis 3:15, párrafo también conocido como el protoevangelio.

2) Es “luz que ilumina a las naciones” (NVI), o “etnias” (éthnos), o “los gentiles” (RVR1960). En 1 Juan 1:5 dice: ”Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”. Simeón declara, por el Espíritu, que la salvación no es monopolio del pueblo hebreo, sino que es ofrecida con igual derecho a los gentiles.

3) La salvación de Dios es “gloria (dóxa) de tu pueblo Israel” (otras aclaraciones), porque de ese pueblo suyo ha venido ya el Mesías, Señor y Salvador nuestro. De esta manera, Lucas abre el horizonte universal del anuncio y de la práctica del evangelio a todo el mundo. También en Hechos 1:8 leemos: ”pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”

LA CONCLUSIÓN DE LA ALABANZA DE SIMEÓN

Simeón volvió a dirigirse a José y maría cuando estaban maravillados de todo lo que estaba aconteciendo, y les advierte algo que no debían ignorar: la hostilidad que iba a enfrentar su hijo.

José, después del incidente en la pascua, cuando Jesús tenía doce años, desaparece del relato de los evangelios. En relación a la vida y ministerio de Cristo, siempre aparece María, pero sin José. Lo que se supone es que José murió antes de que comenzara el ministerio público de Jesucristo.

Simeón habla que este niño “está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel” (v. 34). Él era quien iba a determinar el destino del pueblo. Como dice Juan 1:9-13: Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” No sólo los gentiles se salvarían, sino que también los judíos tropezarían con él y caerían en juicio y perdición, cumpliendo la profecía que se encuentra en Isaías 8:13-15: “A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo. Entonces él será por santuario; pero a las dos casas de Israel, por piedra para tropezar, y por tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de Jerusalén. Y muchos tropezarán entre ellos, y caerán, y serán quebrantados; y se enredarán y serán apresados.”

Solamente el remanente creyente se levantará para vida eterna en los cielos, como dice Efesios 2:6-8: “y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”

Cuando en el texto se menciona: “para señal que será contradicha” (v. 34), significa “hablar en contra”, “rechazar”, “oponerse”, incluso con “insultos”, “maltrato”, “burlas” y “odio”, que dio como resultado la crucifixión de Cristo. Observa algunos textos que nos hablan de ese rechazo:

  • Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue” Lucas 4:28-30.
  • “Aquel mismo día llegaron unos fariseos, diciéndole: Sal, y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar. Y les dijo: Id, y decid a aquella zorra: He aquí, echo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra. Sin embargo, es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor” Lucas 13:31-35.
  • Y enseñaba cada día en el templo; pero los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle” Lucas 19:47.
  • Ese violento rechazo haría sufrir a María. Ese sufrimiento llego a su apogeo en la cruz, mientras observaba a su hijo sufrir y morir en la cruz: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena” Juan 19:25.

La consecuencia se encuentra aclarada en el texto: “para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. Como Jesús le dijo a Nicodemo en Juan 3:19: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” Jesús resplandecía como luz en las tinieblas: ”La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” Juan 1:5

En contraste con quienes rechazaron al Señor al ver las obras que él hacía, Simeón sabía que el niño era el Mesías y Salvador, y él proclamo esa gloriosa verdad, aun cuando Jesús todavía no había hecho ninguna de tales obras. El conocimiento de Dios llevó a Simeón a vivir con un carácter justo y piadoso, y con una expectativa de vida, confiando plenamente en la Palabra de Dios. Ahora, piensa: en una era donde tenemos información bíblica por diferentes medios, ¿el conocimiento nos está llevando a tener un carácter piadoso? ¿Nos lleva hacia una vida humilde? ¿Nos lleva a vivir para nuestro Señor? ¿La palabra del Señor es nuestra guía? Cada vez que cantamos, ¿lo hacemos rebosantes de gozo, reflexionando a quién estamos exaltando y honrando? ¿Te identifican como cristiano por tu carácter? ¿Estamos proclamando el evangelio?

David Platt en su libro radical dice lo siguiente, referente a hermanos que decidieron rendir sus vidas por completo al Señor: “Te ves libre para vivir de manera radical cuando ves la muerte como una recompensa.”

“La clave es darse cuenta, y creer que este mundo no es nuestro hogar. Si esperamos liberarnos alguna vez de los deseos mundanos, de los pensamientos mundanos, de los placeres mundanos, de los sueños mundanos, de los ideales mundanos, de los valores mundanos, de las ambiciones mundanas, y de los elogios mundanos, debemos concentrar nuestras vidas en otro mundo.”

“Debemos sujetar nuestros afectos a aquél que promete un tesoro eterno que nunca se echara a perder o se arruinara.”

“Si nuestras vidas quieren valer algo en esta tierra, debemos comenzar a concentrarnos en el cielo.”

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