Lucio Séneca, filósofo y escritor, dijo: “El camino de la enseñanza es largo, pero es breve y eficaz el del ejemplo”. El puritano del siglo XVII, Thomas Brooks, dijo: “El ejemplo es el discurso más poderoso”. Sin duda, Pablo entendía este mismo principio. En Filipenses 2:1-4, hizo una exhortación a la humildad; en el capítulo 2:5-11 nos mostró el gran ejemplo de humildad de Cristo. Humildad es colocarse debajo de Dios para obedecerle, y debajo de los demás para servirles. ¡Jesús es el ejemplo! Juan 8:29 dice que Jesús hizo siempre lo que le agrada al Padre, y en Marcos 10:45 leemos que “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir…”

También, en Filipenses 2:17-30 se presentan tres hombres comunes y corrientes que son modelos perfectibles de humildad. En capítulo 2, versículos 17 y 18, observamos el ejemplo de Pablo; en capítulo 2:19-24, el de Timoteo; y en capítulo 2:25-30, el de Epafrodito. Los tres, son ejemplos perfectibles de humildad, pues obedecieron al Señor y sirvieron a todos los santos.

Una frase muy común a la hora de sentarnos a comer es: “No vengas a la mesa con las manos sucias”. De la misma manera, ¡no vengas a la mesa de Cristo con el alma sucia de orgullo!

Esta iglesia tiene la triste distinción, junto con la de Sardis, de ser aquella a la que el Señor no dirige palabras de elogio. ¿Cuál fue su problema? La iglesia no sufría la persecución externa, ni la presencia de falsos profetas dentro, pero sus miembros eran tibios (v. 16). La tibieza espiritual representa inutilidad y falta de pasión por Cristo. En el versículo 17, Jesús presenta tres evidencias de su tibieza: la autopromoción, la autosuficiencia y el autoengaño.

“¿Conoces una iglesia perfecta? Si la conoces, no asistas, porque cuando lo hagas, dejará de ser perfecta”. Aunque no era perfecta, Cristo elogia a la Iglesia en Filadelfia por la fidelidad mostrada hacia su Palabra y su Persona durante las cuatro décadas que llevaba de vida (v. 8). ¡No hay iglesia perfecta, pero sí hay iglesias que son fieles a la Palabra y a la Persona de Cristo! ¿Cuántos quieren una iglesia así?

A pesar de la poca fuerza de la Iglesia (v. 8) y de la poderosa oposición de los judaizantes (v. 9), Cristo le ha abierto a la asamblea en Filadelfia una puerta grande de oportunidades para testificar y esparcir su Palabra. El Señor abre puertas llenas de oportunidades para el evangelio a las Iglesias que son obedientes.

Con unos cuarenta años de existencia, parece que el mejor momento de esta iglesia estuvo en el pasado. La Iglesia en Sardis tenía la reputación de estar viva y saludable, pero en realidad estaba muriendo de a poco. Parece que muchos de sus miembros eran convencidos, no convertidos, y que otros estaban muy dormidos. La buena noticia es que también había un pequeño remanente fiel al Señor. Jesús manda a los muchos infieles a velar y arrepentirse, y a los pocos fieles a afirmar aquello bueno que quedaba en la iglesia.

Jesús, resucitado, seleccionó siete iglesias de Asia Menor y les entregó una breve carta a cada una de ellas. Las eligió teniendo en cuenta tanto sus fortalezas como sus debilidades, para que sirvieran como modelos de instrucción o de advertencia a las Iglesias de todos los tiempos, en todo el mundo. ¡Nos parecemos a ellas! La tercera de estas cartas se dirige a la Iglesia en Pérgamo. Pérgamo fue un centro religioso importante para cuatro cultos paganos y la adoración al Emperador. Se cree que Antipas (v.13) fue martirizado por no querer rendir adoración al César. Al parecer, la iglesia, con el fin de no sufrir el mismo destino que Antipas, decidió ceder y transigir, tolerando la falsa doctrina y la inmoralidad en su seno. Esta congregación, como  muchas hoy, para evitar conflictos y persecución, estaba cediendo ante el mundo y corría el riesgo de mezclarse con él. Jesús la llama al arrepentimiento, a confrontar y restaurar al pecado, y gozarse en la comunión con Él.

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